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viernes, 28 de marzo de 2014

¡Vamos al nido!


La primera vez que el enano fue a la guardería fue hace 19 meses. Las que me siguen saben que la experiencia no fue del todo positiva y que tres meses después cambiamos la guardería por una cuidadora en casa (pueden leer el post aquí). Es cierto que el cambio se debió principalmente a que el enano se convirtió en un imán de virus y estaba continuamente enfermo, pero también comenté alguna vez que me parecían demasiadas horas fuera de casa para un niño tan pequeño. 

A inicios de este mes, con 2 años y 9 meses, Mateo empezó nuevamente el nido (así se llama por acá). Y hasta ahora la experiencia ha sido muy buena. El proceso de adaptación fue bastante gradual, lo cual me pareció genial; y el horario es sólo mediodía (de 8:30am a 12:30pm) que desde mi punto de vista es suficiente para su edad. 

A Mateo le encanta ir al nido. Obviamente está más grande, entonces disfruta jugando con otro niños y se olvida de nosotros (crecen muy rápido!). Todas las mañanas me dice: "Mami, ¿vamos a mi nido?" Yo le tengo que explicar que primero tenemos que tomar desayuno, vestirnos, lavarnos los dientes y luego podemos ir al nido. Si por él fuera, se levanta de la cama y se va directo jajaja! Siempre entra corriendo y me dice: "Chauuuuu", en todo el mes no ha habido ni una queja o lágrima, todo lo contrario! Ahora, el problema es sacarlo del nido jeje, pero eso lo dejo para otro post ;)

Enfín, estoy muy contenta de que las cosas estén yendo bien, y sobretodo de ver al enano disfrutando tanto con esta nueva experiencia.




PD: Las fotos son cortesía de la profesora del nido :)


¡FELIZ FIN DE SEMANA!


miércoles, 23 de mayo de 2012

Sabías que...

Me fascina cuando cierras las manos, abres aún más esos preciosos ojos marrones, dibujas la más hermosa de las sonrisas en tu rostro y mueves los brazos en señal de alegría y emoción.

Lo haces varias veces al día, empezando temprano por la mañana cuando me ves salir del baño después de mi ducha matutina ¡qué mejor manera de empezar el día! Cuando ves alguno de tus juguete favoritos, cuando encuentras las gafas de la abuela, cuando tienes hambre y aparece tu comida, cuando descubres algo nuevo, cuando el viento toca tu cuerpo, cuando llegamos al parque, cuando subimos en el ascensor, cuando por las tardes llega papá de trabajar o cuando ves cómo el agua llena tu bañera. Me encanta que seas capaz de emocionarte con cosas tan simples, tan cotidianas.

Se me parte el alma, me angustio y me siento impotente cuando te veo sufrir. Por un dolor de estómago, porque te han puesto las vacunas o porque, en tu afán por descubrir el mundo, te has dado un golpe de esos que tanto me asustan. Felizmente, no hemos pasado por nada serio, no se si podría soportarlo.

Me impaciento y me pongo nerviosa cuando te quejas, molestas o lloras porque estás incómodo, cansado, aburrido o porque hacemos algo que no te gusta -como esos odiosos lavados nasales-. También cuando te despiertas por las noches y no conseguimos que vuelvas a dormir. O cuando no te dejo coger algo. Sé que todavía tengo mucho por aprender y mejorar, pero poco a poco he ido desarrollando más paciencia, he aprendido a escuchar lo que tienes que decir y te entiendo más.

Me transmites paz, calma y serenidad cuando duermes. Respiras tranquilamente y casi ni te mueves. También cuando te veo tocar o mirar con gran concentración tus juguetes, libros o esos envases llenos de lentejas, pasta o arroz que he preparado para ti.

Me llenas de vida cuando te miro y sonríes. Cuando te hago cosquillas y ríes a carcajadas. Cuando me hablas a tu manera, expresando alegría, molestia o desacuerdo. Cuando te escondes detrás de la cortina esperando que te descubra. Cuando escuchamos música y te mueves al ritmo de las canciones.

Cada día, cada hora, cada minuto, siento y me emociono a tu lado.
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