Vuelvo a escribir. El 31 de marzo se cumple un año desde que dejamos Barcelona para mudarnos a Lima. Desde ese entonces sólo he escrito en el blog una vez, una sola vez. Nos dedicamos a la mudanza, a buscar departamento, a amueblarlo, a pasar tiempo con la familia y con los amigos que no veíamos hace tanto, a buscar trabajo (mi esposo tuvo suerte y consiguió un trabajo fijo en dos meses, yo conseguí un par muy cortitos como consultora independiente y luego una consultoría de un año que ocupa gran parte de mi tiempo y me ha llevado a hacer varios viajes fuera de Lima), a buscar nido y nana (guardería y canguro) para Mateo, enfín...a acostumbrarnos a
nuestra nueva vida. Y dejé de lado el blog. Pero el sábado pasado me pasó algo que activó nuevamente mi necesidad de escribir y compartir.
A veces damos las cosas por sentado, pensamos que somos invencibles, que las estadísticas no son para nosotros, confiamos en nuestra buena salud, vivimos con el piloto en automático, nos levantamos, nos duchamos, desayunamos, llevamos a nuestros hijos al cole, vamos a trabajar, volvemos a casa, cenamos, acostamos a los niños y nos acostamos nosotros. Y nos olvidamos que la vida es un regalo, que cada día es una nueva oportunidad, que siempre debemos dar gracias por nuestra salud, por nuestra familia, por estar vivos. Vivir conscientemente y disfrutar cada instante.
El sábado pasado teníamos previsto pasar un relajante día de playa con mis suegros pero un embarazo ectópico roto que generó una hemorragia interna me obligó a pasar por una cirugía de emergencia, a perder una trompa y 1.5 litros de sangre, y a pasar 5 días hospitalizada. Nunca me había sentido tan mal. Felizmente ahora ya estoy en casa recuperándome, aún tengo la hemoglobina baja pero en alza, así que las cosas pintan bien.
Le doy las gracias a todos los que me han apoyado, ayudado y acompañado durante estos días. A mi esposo por tener reacciones rápidas y lograr que llegara a la clínica a tiempo, por organizar la casa, cuidar a Mateo y por supuesto, a mí. A mi mamá por acompañarme todo el tiempo, a mi hermana por su paciencia, apoyo y por estar dispuesta a donar sangre cuando pensaron que podía necesitar una transfusión, a mis suegros por quedarse con Mateo los primeros días, a mi tía, a mi papá, a mi jefa, a mis amigas, a Noelia y a Antonia por ayudarnos con las cosas de la casa, a los médicos y enfermeras. A todos los que se preocuparon por mí. Y a Mateo por ser un campeón, por lo bien que se portó durante todos esos días.
Dicen que cuando pasan cosas feas uno no debe preguntarse el "por qué", sino el "para qué", quizás necesitaba una pausa, un momento de reflexión, un descanso para continuar con más fuerzas, y quizás sea también la oportunidad para volver a este mundo virtual que tantas cosas buenas me ha dado.